jueves, 18 de diciembre de 2008



Está claro que con True Blood no se ha inventado nada. Vampiros, hombres lobo y demás seres literaria y cinematográficamente trillados se dan cita en esta serie de HBO. Lo que le da un toque especial a la serie es su tratamiento, y su escenario. Ese sur misterioso, mágico y profundo que Eastwood ya nos mostró en "Medianoche en el jardín del bien y del mal". Un territorio donde el decadente aire sudista se mezcla con el vudú cajún y el ambiente post segregacionista.

En este escenario se desarrolla una serie que pone énfasis en ese vampiro contemporanero que creó Anne Rice, retorcido, sensual, fascinante y atormentado. La novedad es la situación que se plantea: los vampiros hacen un outing masivo y quieren integrarse en el mundo de los vivos. Incluso tienen su lobby pro derechos y un sustitutivo a la sangre humana, True Blood, una suerte de mejunje japonés que debería evitar que saltasen continuamente a la garganta de sus conciudadanos vivos.

Esta supuesta integración donde los otrora seres diabólicos luchan por su cuota de corrección política da pie a multitud de situaciones interesantes, tratadas con ciertas dosis de humor negro. Eso sí, todo el argumento gira alrededor de Sookie, (Anna Pakin) una encantadora rubia cajún con un talento especial, leer la mente.

Francanmente, no creo que la baza principal de la serie esté en la protagonista. Es un personaje plano y bastante previsible, con su bondad innata y esa cargante superioridad moral que despliega. Lo que hace funcionar a la serie, al igual que la "Medianoche..." de Eastwood, son sus maravillosos secundarios: Tara, Lafayette, Bill, e incluso el sexualmente desenfrenado hermano de Sookie, Jason. Ellos son los que crean realmente expectación en la serie con sus evoluciones.

En definitiva, True Blood no aporta excesiva novedad, acaso la de ser la primera serie de vampiros creada para un público adulto (sí, pensaba en la tediosísima y previsible Buffy) y el desarrollarse en ese escenario tan fascinante. Recomendable sin más.

jueves, 11 de diciembre de 2008

viernes, 5 de diciembre de 2008

Poster de la enésima entrega de Viernes 13

Cambian las máscaras, cambian las armas del delito, cambian las motivaciones, o escusas, qué más da. Lo que prevalece es la venganza, la masacre y la sangre.

Qué tema más recurrente el de la venganza. La reparación de la injusticia sufrida, el desquite de una afrenta o lo que sea para hacerle la puñeta al prójimo. El problema de hacer tantas entregas de este tipo de filmes es que, por el camino, la idea de venganza se va disipando. Uno ya no recuerda por qué mata el asesino y todo se reduce a una masacre sin más. En el tema de matar, como en el sexo, la motivación es importante. Hacerlo sin más desvirtúa el asunto.

Pero volvamos a la película. El productor Michael Bay hace una revisión del mito de Jason como ya en su día lo hizo de Leatherface en "La Matanza de Texas, el comienzo" (06). También planea retocar al rey de nuestras pesadillas, Freddy Krueger, para el 2010. Ya cuenta con la colaboración del viejo Wes Kraven, no sé si también con Robert Englund. El caso es que Bay está haciendo una revisión de los clásicos modernos del cine de terror que, aunque no aporta nada nuevo, trata a la obra original con respeto, la actualiza y da calidad en su tratamiento.

En definitiva, el 13 de febrero es un buen día para darse un bañito en Crystal Lake. Si no te mata Jason lo hará el frío. O la contaminación, quién sabe...

jueves, 4 de diciembre de 2008

My Bloody Valentine, un San Valentín realmente divertido


Sí, ya sé que este tipo de películas de asesino en busca de venganza por una afrenta pasada son todas iguales, y si ademas es un remake (redo le llaman, es más corto), pues más de lo mismo.

Pero es un vicio de juventud que no puedo quitarme. Este tipo de películas que no aportan nada más que pasar un rato (bueno o malo, al fin y al cabo son de terror) siempre ocupan una espacio preeminente en mi disco duro multimedia.

En este caso se trata de "My Bloody Valentine 3D", una versión del original que se estrenó en el 81. Como en la clásica "Halloween", seremos testigos de cómo un asesino aprovecha una festividad popular para perpetrar su sangrienta venganza. Esta vez el sujeto es Harry Warden, un minero cabreado que tras sufrir un accidente laboral y quedar en coma, despertará para hacerselo pagar a todo bicho viviente. Seguramente porque le habrán negado la baja o algo así, ya sabemos como anda el tema de la seguridad social por esos lares. Al fin y al cabo su actitud puede ser comprensible.

Los encargados de producir esta joya del cine moderno son los chicos de LionGate, que van camino de convertirse en la Hammer del siglo XXI. Yo francamente siempre les estaré agradecido por haber tenido el valor de distribuir "The House of 1.000 Corpses", la ópera prima de Rob Zombie que ni Universal ni la Metro tuvieron redaños para estrenar.

Sí, ya sé que sólo es Rock & Roll, pero me gusta.


Escenas memorables (III)


Charles Bronson, un tipo directo, sin duda. Y pensar que hay gente que gasta miles de euros en cursos de coaching y resolución de conflictos... prueben ustedes a aplicar el método Bronson. Aprobado por la NRA

Aquí otra muestra de sensibilidad, esta vez tocando en delicado tema de la religión. Con Charles, todos contentos.

martes, 2 de diciembre de 2008

El braceo del ahogado



No pude evitar reírme cuando oí unas recientes declaraciones de Gracia Querejeta. Nada nuevo, es cierto, pero no deja de tener su gracia. Les explico. La realizadora española, hija del famoso productor Elías Querejeta, se quejaba del daño que, según ella, la piratería hace al cine. Hay que perseguirla "de forma seria" afirmaba, ya que es "un problema gravísimo" para el cine. Lo que me hizo gracia fue imaginarme quién diablos va a bajarse una película de esta mujer. ¿Quizá aquella en la que despedazó un libro de Javier Marías? ¿O el apasionante documental "Primarias", junto a su amiguete León de Aranoa?

La evolución de los medios, más específicamente la aparición de Internet, ha pillado con el paso cambiado a la oficialidad artística española. Y esta, acomodaticia por naturaleza, contrastadamente inmovilista y conservadora a pesar de que traten de aparentar justamente lo contrario, se resiste al cambio. Podría verse como un especie de agonía, como aquel tipo que se ahoga y, en sus desesperación, se agarra a todo lo que tiene alrededor, sin importarle lo que sea y sin pensar que lo arrastrará al fondo.

Esa desesperación resulta ser tremendamente reveladora. Está quitándole la careta a esa pretendida industria cultural para enseñar lo mucho que tiene de industria y lo poco que tiene de cultura. Es más, está desenmascarando a personas presuntamente progresistas que demuestran tener un carácter más bien totalitario. Ejemplo: cárcel para los manteros (inmigrantes que no tienen defensa posible), lobbysmo descarado (aún siendo la SGAE una sociedad privada cuyas cuentas no están muy claras) cuyo resultado es la imposición de impuestos injustos con la justificación de que todos somos delincuentes potenciales. La última: espiar a los que se oponen a su pensamiento.

Todo para no perder un estatus adquirido por una industria que, en lugar de adaptarse, alarga su agonía de manera dañina. No es de extrañar. Algunos de sus máximos exponentes y defensores más abigarrados, que ganan millones gracias a este status quo, no dudan en apoyar el canon (una suerte de impuesto revolucionario) mientras que ellos se dedican a evadir impuestos a paraísos fiscales.

En definitiva, el cine español no debería preocuparse por el fenómeno de la piratería. El escaso interés que despiertan sus producciones, sumado a la impopularidad que genera sus continuos pataleos, quejas y rabietas, amén de que estén subvencionados, hacen que nadie quiera bajarse una película española de los últimos 5 ó 10 años. Así que déjennos en paz. Y si no quieren aprender a nadar, prueben a ahogarse tranquilos.